Familias de Brooklyn

El nihilismo, la pubertad y el acné siempre conducen a lugares sombríos. Algo en el alma humana es dominado por la incertidumbre del fracaso desde el mismo momento en que advertimos la inhumanidad de los padres. El encierro se perfila como única salida. Al diablo con la vida queremos ser twitteros. Apagar luces y, control en mano, buscar mujeres desnudas en El cable. Descargar las novedades del universo indie desde la notebook. Imprimir Mundodisco y las novelas de Philip Dick. Vivir en el interior de una burbuja ―un círculo perfecto en complicidad con el funkmeister de la cultura pop― criticando discos ochenteros y despreciando el darwinismo intelectual, mientras esperamos que nuestra muerte sea un evento en facebook al que todo el mundo asista.

La juventud actual se formateó el cerebro por la locura multimedia y el frenesí generalizado del consumismo autómata ―hojas de cálculo, probabilidades, iPods, programas de dibujo, agorafobia, libros gratis, twitter, películas, foros intelectualoides, síndrome del túnel carpiano, bandas new wave, correos electrónicos, world of warcraft,  Steven Jobs, videoconsolas, Hobbies, camisetas de Ramones, bolsos cruzados, revistas geek, facebook, Doritos,  gafas marco grueso― y nuestra desventaja respecto a los padres consiste básicamente en no poder alardear de un origen humilde. Ellos salieron de la nada y consiguieron llegar muy alto luchando sin descanso. El abuelo fue un miserable que tenía poco y les ofreció nada y todo lo alcanzaron a punta de esfuerzo personal. Nuestra generación, en cambio,  se crió con Mozart para bebes y le hace fuckyou con los dedos a las grandes preguntas de la humanidad: Qué es la vida, de dónde venimos, para dónde vamos y por qué estamos aquí. Nos interesan los gadgets último modelo ―¿existe algo más?― y los padres nunca consenten el sedentarismo.

Para la muestra un papá cualquiera… digamos, el mío. Un agiotista de las casitas del barrio alto que se desborda orgulloso presumiendo una infancia llena de carencias y necesidades económicas. Un hombre sufrido que no soporta a la juventud contemporánea por ignorar la estreches del dinero, el valor del trabajo y el importe de la pobreza, que ―a su manera de ver― forja carácter, y porque nuestro universo se resume en ir del colegio a facebook. Según entiendo, mi padre sufrió mucho a causa de la pobreza y este tipo de personas temen vivir en la abundancia para no despilfarrar lo poco que consiguen. No gozan de sus bienes, viven amargados, resentidos, insatisfechos, y nos señalan y juzgan por placeres que ellos mismos se niegan. Cuentan monedas, nunca se compran un Bon Yurt, ni van al cine, andan en moto para ahorrar combustible, les duele el triple hoja o el jabón de olor, y, en su rapacidad pecuniaria, nunca salen de paseo.

Confunden el ahorro con la cicatería. ¿O qué hay de bueno en nunca visitar los teatros, en no salir a restaurantes, en ver telenovelas todas las noches por no alquilar una película, en jamás salir a caminar con los hijo? Los avaros son así. No sólo escatiman dinero, su tacañería se extiende al plano personal y termina carcomiéndoles la existencia. Son gente imposibilitada para ofrecer cariño, son cortantes, fríos, nunca dan explicaciones, y prefieren no intimar demasiado con las personas para evitar que malgasten su tiempo. Les cuesta sangre despilfarrar el dinero y creen que dar un abrazo es desperdiciar tiempo. Juzgan los hijos por inconscientes y derrochadores pero ignoran que si pudiéramos encargar afecto a una 01 8000 compraríamos al por mayor y en todos los colores.

Justo cuando necesitamos más comprensión y tolerancia ellos son arrogantes y déspotas. Somos jóvenes e ingenuos mientras ellos están en la plenitud de sus fuerzas y nos miran desde arriba con una pose de falsa superioridad condenando cada una de nuestras acciones. Como si nuestra generación estuviera perdida por el simple hecho de no ser la suya. Pero cada generación tiene su guerra y objetivamente todas las generaciones incuban menosprecios entre sí. El pertenecer a una generación determinada no asegura impunidad histórica. Las generaciones pasadas no fueron de aplaudir y ésta fue criada por la anterior y así sucesivamente hasta el infinito. Es la ley del péndulo. Lo que ocurrió antes sucederá después porque la vida se resume en un interminable espiral de eventos sin sentido.

Alrededor del 800 antes de Cristo, Sócrates afirmaba que los niños de la antigua Grecia eran tiranos porque ya no se ponía de pie cuando entraba un anciano a la habitación. “Contradicen a sus padres, charlan ante las visitas, engullen golosinas en la mesa, cruzan las piernas y tiranizan a sus maestros”. Y si esto ocurría hace 2500 años ¿de qué se asombran hoy en día? Ya en su tiempo Platón se cuestionaba “¿Qué está ocurriendo con nuestros jóvenes? Faltan al respeto a sus mayores, desobedecen a sus padres, desdeñan la ley. Se rebelan en las calles inflamados de ideas descabelladas. Su moral está decayendo. ¿Qué va a ser de ellos?”

Lo cierto es que los tiempos nunca encajan entre sí. Cuando están viejos y quieren compartir con nosotros ya no necesitamos de su afecto. Tal vez sólo en la gestación nuestros ritmos sincronizan y el amor es mutuo. Tal vez la vida sea un descenso vertiginoso hacia la soledad y no baste únicamente vivirla. Tal vez el ser humano cada día se parece más a sí mismo y por eso nada cambia y siempre hiere. Tal vez esta introducción a The Squid and the Whale terminó siendo más melancólica de lo planeado y, para no arrepentirme de nada, será mejor terminar aquí y empezar a hablar de la película. Bernard es un profesor universitario que aprovecha sus tiempos libres para ejercer como un escritor  decadente ―demasiado frustrado por vivir entre gente tan banal― que siente la necesidad insoportable de recordar cada dos minutos su superioridad intelectual; llegando al punto de intelectualizar lo ininteligible: el amor.

Paráfrasis literaria (aprovechen para salir a fumar).

The Squid and the Whale traduce literalmente El Calamar y la Ballena, haciendo referencia al calamar y la ballena exhibidos en el Museo de Ciencias Naturales de New York, que configuran tormentosamente a los personajes y juegan un papel preponderante en la  simbología del film. Sin embargo la película aparece en el mercado hispano como Una historia de Brooklyn y en Latinoamérica como Historias de familia. Y esto es importante porque en algunas ocasiones el título de una obra funciona como singularidad fundamental que redefine todo el subtexto: Perdidos en Tokio es una traducción no literal del título que sustenta magistralmente la película, incluso superando el título original. En el sombrío mundo literario, los escritores profesionales utilizan una suerte de estrategia rebuscada con respecto a los concursos literarios. En busca del aplauso y la recompensa monetaria, ellos participan en el mayor número de premios posible con el mismo relato. No sin antes, claro está, tener la precaución de cambiar el título en cada ocasión. Y aunque suene ridículo, ¿quién puede asegurar que el simple hecho de modificar el título de un cuento no produce dos relatos completamente nuevos? Así de ridículo es el oficio del escritor y así de mágica es la literatura. Por eso he decidido, en vista de que ningún título convence y el original resulta extenso, fusionar las dos traducciones castellanas y, para efectos prácticos, a partir de aquí la película se llamará Familias de Brooklyn.

Fin de la paráfrasis (pueden volver los que salieron).

Familias de Brooklyn (?) gira en torno a un matrimonio de escritores donde el amor ha desaparecido y los celos profesionales ―ella está despegando en el mundo editorial y él degenera a novelista frustrado― terminan por destruir una familia sostenida exclusivamente para sus dos hijos. La vida de Walt y Frank se desmorona cuando sus padres deciden separarse. La decisión los obliga a reaccionar de distintas maneras y la custodia compartida se transforma en una odisea de culpas y recriminaciones que confluye en incisivas observaciones sobre la dinámica intrafamiliar de los tiempos posmodernos. La película es la historia de una familia disfuncional, como cualquiera otra, que evita el empleo de lugares comunes y las escenas lacrimógenas tan trilladas por el género; y en su afán por alejarse del melodrama de empleada, deconstruye admirablemente un fenómeno social común elevándolo a la categoría de arte, gracias a su trama sórdida y las emociones universales que modela.

Desde los primeros segundos del film, inexplicablemente, ya estamos inmersos en la desincronización de esta familia disfuncional. Todo es tan real que asusta con su aire oscuro y reconocible. Cuando la película termina y funde negro decubrimos que Familias de Brooklyn no es una historia aislada, es la hora del almuerzo en el comedor de tu casa. Sólo hay que ver cuando Bernard discute con su ex esposa, en la puerta de su antigua casa, y está a punto de llorar pero se contiene, o cuando le pide el desayuno a Walt en el hospital, o cuando el pequeño Frank le dice a su mamá que es fea, o cuando juega pingpong contra su padre. De puertas para dentro, todos pertenecemos a una familia de Brooklyn en distintos niveles y con ribetes absurdos. El Bernard racional que desprecia los antintelectuales es tu padre avaro menospreciando a sus hijos por desconocer la pobreza. Puede que a falta de una custodia compartida no tengamos que ir de una casa a otra, como Walt y Frank,  regando semen por los libros de la biblioteca, pero el menosprecio filial nos hermetiza en twitter hasta la madrugada o nos confina a vivir en la tienda del barrio día tras día.

En fin. El gran acierto de esta película radica en el tono que adopta para manejar detalles penetrantes y situaciones crudas de la vida cotidiana con ironía y sarcasmo progre ―y si alguien sabe cómo erguir ambientes amargos para recrear las dinámicas del universo con humor cínico y oscuro es Noah Baumbach; que dirigió Familias de Brooklyn y Greenberg, dos de las mejores película de la década pasada―, es un humor negro sutil dentro de un drama emotivo que devela el absurdo de la snobiedad y demás lamentos pequebús; en tiempos donde brindar amor cada vez resulta más sofisticado e intelectual, y el lenguaje más válido es el humor frío y analítico, porque el ticket to ride para la madures cada vez es más costoso y nadie viene al mundo preparado para enfrentar este delirio masivo de mendigarle amor a los padres.

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6 responses to “Familias de Brooklyn

  • Fabián

    Al diablo con Inception, Familias de Brooklyn (muy buena la paráfrasis) se la banca… ¿Pero que Greenberg es una de mejores película de la década pasada? Entiendo que te guste el estilo Noah Baumbaches… pero es una mierda infumable. Quedo a la espera del post sobre Greenberg, nos debes una explicación.

  • Laurita Velez

    aprovechen para salir a fumar? jauajauajua eres un genio papacito, pobre tu papi, espero que no le hayas puesto un mail con el post porque fuiste muy malito con él.

  • Nicolás Diaz Solano

    Hola. Recibo con mucha alegria tu nuevo texto. Es bueno encontrar un post del d’ia del padre que no tenga sólo un poemita y tres frases dulzonas, sobre todo en tiempos como estos don el “snobismo” y la “avaricia” nos aljan tanto del patron familar que aparece en las novelas de la noche. “Tal vez sólo en la gestación nuestros ritmos sincronizan y el amor es mutuo” como dices. Es una mirada interesante y una buena película segun la presentas.Te felcito nuevamente y confieso que cada vez me sorprende más tu ritmo de publicación. ¿Cómo haces? ¿estas en computadora todo el dia o los escribes de a poquito como un borrador o algo así? Lo digo porque publicas cada fin de semana montas algo nuevo y ninguno articulo desentona.

  • Cwpper David

    Nicolás, la verdad tengo un ejército de chimpancés que escriben por mí.

    Laurita, no soy un genio, la paráfrasis es un chiste muy viejo que alguien olvidó registrar.

    Fabián, pues la idea original del post era escribir sobre Noah a partir las dos películas. Pero apareció alguien para recordarme el día del padre y no pude evitar el oportunismo mediático. Ahora que lo dices, tal vez escriba un post sobre Greenberg y Life Aquatic sólo para decir que Ben Stiller es un increíble actor y Bill Murray es Dios.

    A todos, gracias por leer. Recuerden que ya pueden comentar utilizando su cuenta twitter/facebook. Los quiero mucho, son mi adoración, i love (?) sayonara.

  • luisanti

    Te respondo las dudas sobre tu comentario aquí:

    Sí, lo he leído 2 veces, el Structural Analysis fue muy pesado y mi suegro (antropólogo) me ayudó a entenderle. Tienes razón con lo que son medios y no fines, esa era la perspectiva que quería proporcionarle a un amigo que es el que describo ahí, yo tuve serios problemas de drogadicción, ahora mi vida es muy diferente desde que encontré en el amor el regocijo espiritual. Respecto a la experiencia con el ayahuasca: esta será lo que tú quieras de ella, el nivel de consciencia (cosa que tú dices sobre las mujeres, ellas por naturaleza tienen más conciencia, como con el rito de mambear coca de nuestros indígenas Cogui/Kogui) depende del estado de tu mente, la transmutación de la luz está dentro de nosotros mismos, es por eso que al final me refiero a “los hombre que estudian a los hombre” como los que más entienden sobre el cuento, yo me quedo con la inexperiencia de mi perspectiva de músico la cual intento hacer crecer para comunicarme mejor con los demás seres.

    Creo que has sido la primera persona desconocida en leerme, según las interpretaciones de las estadísticas de mi blog; no sé manejar muy bien esto de las redes sociales :)

    Gracias por leer y comentar.

  • Cwpper David

    ¿Conoces Canción de la noche callada de Aurelio Arturo?
    Te va a explotar la cabeza.

¿Odios, hallazgos, dudas, pasiones, insultos, certezas?

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